martes, 11 de febrero de 2014

El Reino del Agua: Unos Pasos de Madrugada


El silencio reinaba en cada rincón. Una leve brisa de verano acunaba las calles y sólo la luz cálida de las farolas dejaba ver las casas cerradas. La noche callada dejaba paso al arrullo de las olas en la playa. La calma. Esa sensación de alivio peligroso, el efecto calmante antes de una fuerte sacudida. El silencio. Opaco e inquietante.


La madrugada escondía unos pasos decididos sobre el empedrado de la calle. Ya habían cruzado el pueblo en alguna ocasión, y tenían que volver de nuevo. Una vez más. Pasada la esquina debía encaminarse calle abajo. 

Una pequeña puerta de madera rojiza algo estropeada por el salitre del mar. Unas cortinas blancas con delicada puntilla escondían el interior. Los pasos se detuvieron junto al umbral y esperaron.

La puerta no tardó en abrirse. 

jueves, 26 de diciembre de 2013

El Reino del Agua: El sueño

"Sentía una presión en el pecho. Esa presión. La oscuridad absorbía cada rincón. Intentó tomar aliento y el vapor de la expiración se materializó como un espeso humo blanco. Dolía respirar. El frío no le dejaba moverse. Su cuerpo inmóvil rodeado de la nada. No sabía si se encontraba de pie, sólo sentía dolor. Volvía de nuevo la necesidad de respirar, la presión era cada vez más fuerte, desde el pecho a la garganta.

Intentó dominar la situación, concentró su fuerza en moverse. El dedo índice parecía obedecer, lentamente. Sin sentido sus ojos miraban de un lado a otro sin obtener reflejo alguno. Cuando al fin empezó a tomar consciencia de la situación, de quién era, de qué hacía allí, el dolor punzante emergía de nuevo.

La oscuridad. Esa presión. Dolía respirar"





martes, 24 de diciembre de 2013

EL REINO DEL AGUA

Cuando Victoria se fue a la ducha, Julia se encaminó al fregadero mientras Aurora terminaba de recoger las tazas del desayuno. Algo seguía rondando en su cabeza y no acababa de saber por qué.
Una vez todo estuvo listo y limpio fue a su habitación y se sentó en la cama. La maleta sin deshacer. Una pereza absoluta le recorrió el cuerpo. Decidió ponerse manos a la obra y ordenar todo el equipaje, hacer la cama y demás menesteres, ya que le había tocado ser la última en entrar al baño. Sacó la ropa de la pequeña maleta y la colocó en el armario. Luego deshizo una bolsa de viaje con cosas de baño, pinturas y demás cosas de chicas que odiaba tener que cargar cuando iba de viaje. Definitivamente Julia no creía en el maquillaje, y peor aún en el pesado trance de tener que quitárselo antes de dormir. 

Una hora después las tres amigas caminaban sobre sus pasos del día anterior hasta el puerto. Allí encontraron muchos curiosos y algún periodista intentando colarse tras las bandas amarillas que acordonaban la zona. El paso estaba prohibido bastantes metros antes del inicio de la playa, la cual ya había sido evacuada totalmente. Demasiada seguridad. Los encargados aconsejaban disiparse y dejar trabajar para sacar cuanto antes los barcos de la playa.

Julia se puso de puntillas para ver las naves mejor. Eran antiguas, de madera, mohosas, estropeadas por el mar. Como si hubieran estado bajo el océano durante mucho tiempo. ¿De dónde habrán salido? ¿Cómo habrán llegado aquí?
No pudo más que encogerse de hombros y resignarse a esperar hasta que la noticia tuviera más investigación. Pero algo le decía que aquello era familiar, no sabía porque ni como, pero esos barcos en la arena, esa escena…ya lo había visto antes… ¿dónde?


Las chicas decidieron dejar el tema y se encaminaron de nuevo hacia el centro del pueblo. Pensaron en alquilar un coche para poder desplazarse por la isla. Unas horas, un montón de papeleo después, se hicieron con un Fiat 500C. Pequeño y cómodo para poder disfrutar al máximo de cada rincón de Cerdeña.

De vuelta a casa decidieron parar en "La ChOOcolattarie", pero al llegar estaba cerrado. Un cartel de madera colgado en la puerta principal: "CHIUSO".

¿CERRADO? Las chicas de asombraron y se encaminaron de nuevo al coche. Doblaron la esquina y vieron la parte trasera del local. Una pequeña puerta de madera con un buzón rojo de latón en la pared de piedra. La puerta parecía cerrada pero había luz dentro. Intentaron, como buenas cotillas, divisar el interior a través de un pequeño hueco entre las cortinas blancas que colgaban sobre el cristal de la puerta. 

Julia dejó escapar un grito cuando una señora apartó de golpe las cortinas y las miraba al otro lado de la puerta. Las tres amigas sonrieron y se disculpaban como podían. El rostro de la señora que las miraba no tenía ninguna expresión. A Julia le pareció por un momento una de esas figuras de cera del museo. Victoria miró a sus amigas y, como por telepatía, les comunicó que debían irse. La señora que las miraba fijamente puso un papel pegado al cristal. 

No sabían si acercarse a leerlo o si marcharse y dejar de molestar. Julia estaba más cerca de la puerta y entornó los ojos para leer lo que les decía en el pequeño trozo de papel:

                                                                                                                     "NEREIDES"

-Lo siento, no entiendo.-lamentó Julia dedicándole una sonrisa.

La señora echó una última mirada a cada una de las chicas y volvió al interior sin inmutarse. Las amigas echaron a reír y caminaron hacia el coche calle abajo.




jueves, 31 de octubre de 2013

La espera

- ¿Tenemos noticias?
- Aún no señor, pero no tardarán mucho. Han salido hace horas.
- Bien. Que todo esté preparado para su llegada. No hay tiempo que perder.

El sirviente salió apresurando el paso por el pasillo. Esperó a quedarse solo de nuevo y volvió a pasear por la habitación. Estaba inquieto desde que lo supo. No podía dormir, ni comer. Sólo hacía preparativos, organizaba y esperaba. 
Estaba preparado para aquello, el problema era guardar el secreto. Que algo así no se hiciera público era el problema. Llegado el momento todo debía suceder lo más rápido posible, sin fallos, y dependía de él, de sus decisiones y su capacidad. Pero para eso estaba, para eso había sido entrenado. 
Aún así los nervios lo retorcían y lo presionaban, cada día hasta que todo acabara. Por un lado deseaba que todo ocurriera lo más rápido posible, poder sentarse y respirar. Pero sabía que era un proceso largo, ya lo había vivido, aunque aquella vez era un niño, y ahora era el responsable. 
Había empezado hace meses, lo ocultaron todo el tiempo posible. El ambiente no era el mejor para que sucediera esto ahora, él lo sabía, todos lo sabían, pero no había marcha atrás. 
Paseaba sin cesar por la fría y oscura sala, rodeado de libros y cientos de cachivaches. La mesa del escritorio llena de papiros, cartas, y mapas. Las cortinas oscurecían la habitación y apenas había aire en el ambiente. 
Todo saldrá bien, se dijo, todo debe salir bien.


lunes, 23 de septiembre de 2013

VICTORIA

Después de varios minutos en silencio las chicas decidieron vestirse y ponerse en marcha hacia la playa donde habían aparecido los barcos. No quedaba lejos, y no podían perderse tal suceso.

Victoria estaba cansada, quería dormir un poco más. El verano era para ella esa época del año en la que las mañanas no existen. Le encantaba alargar las noches al máximo, aprovechando tertulias después de cenar, paseos nocturnos, sin perderse grandes y pequeñas fiestas. Adoraba el calor, pasar el día notando el sol en cada poro de la piel, y la noche entre finas sábanas. La brisa. El verano era sin duda alguna, su estación favorita. 

Aquella mañana se sentía rara. Se levantó cuando escuchó a sus amigas en la cocina. Habían decidido pasar unos días juntas, para descansar, para olvidarse de todo, y no quería perderse ni un minuto, aunque ello supondría levantarse relativamente temprano. Conocía a Aurora desde hace años y sabía que tendría preparado el desayuno no más tarde de las nueve todos los días. No pudo negar que despertarse con las vistas del azul del mar era una gran ayuda para levantarse y disfrutar del día.

Pero había algo más esa mañana. Se levantó con una pesadez extrema en todo el cuerpo. Como si hubiese pasado la noche haciendo flexiones, sonámbula. Después de una buena ducha se sentiría mejor.

La noticia que habían visto durante el desayuno la dejó inquieta. Había algo, no sabía explicar el qué. Algo en aquella escena se le hacía familiar. Victoria fue la primera en levantarse de la mesa. Fregó su taza y se encaminó a su habitación pidiéndose el primer turno en la ducha.

Sentada en el borde lateral de la cama, frente al armario, observó la ropa colocada. Se fijó en el espejo de la puerta del armario. Vaya pelos. Su larga melena siempre causaba sensación. Ella apenas la cuidaba, había heredado de su madre un pelo rizo, negro, brillante, que con apenas peinarlo un poco bastaba para estar perfecto. Tenia un color tostado de piel, que tardaba dos días en ponerse más moreno si cabe. Hubo un tiempo en el que lo odiaba. Odiaba su color de piel. Sus grandes ojos negros habían llorado mil veces por ello. Había sentido el desprecio de muchos. La miraban en los brazos de su madre, siendo un bebé. La miraban los primeros años de colegio. Los niños pueden ser crueles, tiranos. 



Pero eso fue hace mucho. Primero lo entendió, luego lo aceptó y luego empezó a sentirse cada vez más orgullosa de su mezcla. Los cuchicheos de la gente dejaron de afectarle. Luego creció, hermosa, cada día más. Ahora las miradas hacia ella no eran más que envidia.

Alguna vez pensó en buscar el porqué. En preguntar. Tenía derecho a saber de donde venía, su raíz. Pronto deshecho la idea, y no volvió a preguntar nunca. Le causaba mucho dolor a su madre. Su madre.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Una extraña noticia

Una vez terminada la instalación, las chicas decidieron bajar al pueblo a dar un paseo y hacer compras para llenar la nevera. Una vez estuvieron de nuevo entre las calles de Santa Margherita, pasaron la tarde como buenas turistas. Enseguida se hicieron con el supermercado, la plaza mayor,el puerto, algún restaurante con buena pinta, una heladería y la zona de la playa. Cenaron en la terraza de una pizzería, bajo un cielo estrellado, con el sonido de las olas rompiendo en la costa rocosa y riendo como hacía tiempo no lo hacían.
El cansancio del viaje solo les dejó ganas de dormir, así que no tardaron en retornar a casa y descansar. Mañana sería otro día.

Julia despertó con ansia de haberse olvidado algo. Sintió un malestar, como si fuera algo realmente importante. Tras unos segundos desechó la idea y se acurrucó entre las sábanas. Escuchó la cafetera y se levantó enérgicamente. El sol se colaba por todos los rincones del piso, aventurando un día estupendo.
Miró con un ojo entreabierto las maletas aún por deshacer. Suspiró y se levantó.

Era Aurora quien traqueteaba en la cocina. Saludó con un efusivo “buenos días” y le plantó una taza de café, mientras Julia se sentaba a la mesa aún con modorra. Al segundo se abrió la puerta del dormitorio y salió Victoria. Aún con pijama, cara de sueño y el pelo alborotado, siempre estaba guapa. Julia recordó cuando estaban en primaria y Victoria era la envidia de todas las niñas. Tenía una piel perfecta muy morena, el pelo negro y brillante, con melena larga rizada y ojos oscuros. Siempre tenía un montón de chicos mirándola, pero siempre se mostraba ajena al asunto, aunque Julia notaba como se ruborizaba la mayor parte de las veces.

Desayunaron frente al gran ventanal rememorando el viaje. En la televisión, que estaba encendida para ver las previsiones del tiempo, apareció una mujer de pelo blanco pero con aspecto joven, que daba unas noticias sin sentido tras otras. Hablaba sobre el rescate de un perro en un pozo, un tractor volcado y un accidente con unas gallinas. Pero cortaron la emisión en un tono preocupante y las chicas se pararon a escuchar. La mujer cambió el semblante y dio paso a un reportero joven que incrédulo exponía:

-Esta mañana en Cayo BIANCA han aparecido en la playa tres barcos encallados. No se tiene constancia de donde procedían, de cuánto tiempo llevaban desaparecidos, ni de quien tripulaba. Las autoridades han abierto una investigación para averiguar de donde han salido tremendas naves. 

Las imágenes mostraban una muchedumbre que observaba desde la zona acordonada, tres grandes barcos encallados en una pequeña playa. Las olas suaves que llegaban a la orilla batían con los cascos ya oxidados de dos de los barcos. Un tercero había entrado de lleno en la arena y apenas tocaba el agua. Parecía que hubieran pasado mucho tiempo bajo el agua. Mucho tiempo.


Un pareja de jubilados que al amanecer salieron a caminar por el paseo marítimo. Ellos dieron la voz de alarma. Pronto se llenó de curiosos de las casas vecinas que se asombraban de no haberse percatado. 

Había algo raro en aquella escena. Tres barcos que aparecían al amanecer, sin tener la menor idea de a quién pertenecían, ni porqué no tenían constancia de barcos desaparecidos por la zona. 

Julia se acercó a la pantalla. Había algo que le era familiar. Algo en aquellos barcos.  

martes, 17 de septiembre de 2013

El principio del viaje

Desde la parte delantera del barco, una voz suave y no muy intensa, proclamó: Pasajeros con destino Santa Margherita, hemos llegado a su destino.

Cargadas con maletas y demás petates y después de haber vagado durante unos veinte minutos, las tres amigas decidieron preguntar por la dirección de su apartamento. Bajaban una calle estrecha, con el suelo en piedra blanca. Ninguna de las casas tenía más de tres pisos y todas las puertas estaban pintadas en un azul intenso. Los balcones llenos de flores y aroma del mar llenaban sus pulmones y alegraba la tarde soleada.

Habían alquilado el apartamento del segundo piso de una casita en una de las islas. Playas vírgenes, rincones espectaculares a los que sólo se llegan mochila en mano. Sin coches, sin ruido, sin turistas, sin hoteles, sólo el azul, el verde, el blanco, y la luz. El paraíso. 

- ¡Quiero llegar, dejar esta dichosa maleta y ducharme! – voceó Victoria.

- ¡Deja de quejarte, pesada!- riñó Julia, lanzándole un guiño.

- ¿Y si paramos aquí y preguntamos?, ¿Os parece?- Aurora, con gesto cansado, paró en una sombra, apoyando su maleta en la pared y señalando hacia lo que parecía una cantina.

Una puerta en madera color miel y llena de muescas, estaba entreabierta, bajo un cartel “La ChOOcolattarie”. Aurora entró sin esperar la respuesta de sus amigas. Cuando las tres estuvieron dentro notaron el aire acondicionado y se sintieron en el cielo.


Olía a dulce y a café. Un largo mostrador lleno de deliciosas muestras de tartas y galletas, y docenas de magdalenas sobre repisas de cristal. Detrás de la barra, un sinfín de deliciosos chocolates, tés y cajitas de pastas caseras. El resto de la estancia estaba llena de luz, que provenía de una gran cristalera que dejaba ver un jardín interior. Había cinco pequeñas mesas de mimbre, cada una con cuatro butacas, con un cojín bordado a mano en cada una de ellas.

Las chicas dejaron sus maletas cerca de la puerta y no dudaron un instante en apoderarse de una mesa. Julia se fijó en que las paredes estaban decoradas con un papel en un tono amarillo pálido, que aún aportaba más luz a la maravillosa vista. Al fondo del local, un arco en piedra con una enredadera en los laterales, dejaba paso hacia un jardín hermoso, con una pequeña fuente en el medio de la que partían en espiral cuatro estrechos caminos de gravillas blancas. Era el cielo, pensaron, y decidieron regalarse unos dulces con chocolate.

Después de reponer fuerzas con unos capuccinos y unos bollos rellenos de Nutella, la dueña de la chocolatería les indicó amablemente cómo llegar a su apartamento. Decidieron que sería estupendo poder desayunar en aquel lugar cada mañana.

La verdad es que no estaban tan perdidas, no tardaron ni cinco minutos en llegar. Pronto divisaron la casa que buscaban en lo alto de un camino. Primero pasaron por unas casas de un solo piso, todas iguales, con un pequeño jardín delantero y con un garaje para un solo coche. Continuando la cuesta llegaron a una casa de tres pisos grande amarillo pálido. Destacaba un gran jardín con árboles frutales, cerrada por un vallado natural de Bog perfectamente recortado. Se accedía por una verja blanca que dejaba ver un camino de piedra hasta la entrada de la casa. Accedieron fácilmente ya que estaba entreabierta y arrastraron sus maletas ojeando la piscina trasera con tumbonas blancas y un gran cenador con antorchas, ahora apagadas.

A punto estaban de llegar a un gran porche con sofás de cojines y mesitas de mimbre. Aún les quedaba subir las tres escaleras para llamar al timbre, cuando salió a su encuentro una señora regordeta con una amplia sonrisa y un mandil verde atado a la cintura.

-Os estaba esperando- saludó y besó a cada una ayudando con la bolsa de mano a Aurora, ya que su rostro estaba sonrojado por el calor y el peso.-Soy Violet, vuestra casera.- les cedió un juego de llaves- vosotras estaréis en el primer piso, se sube por aquella escalera- señaló una escalera exterior en la parte lateral derecha del edificio, que se continuaba también hasta el segundo andar – si necesitáis algo yo suelo estar siempre por aquí.

Se apresuraron a subir las empinadas escaleras de piedra granito hasta una puerta lateral lacada en blanco. Al abrir las recibió directamente un amplio salón, con un enorme ventanal al frente, que dejaba ver una impresionante vista de todo el pueblo. Un sofá arriñonado en color morado estaba colocado frente a una chimenea, rodeada de un mueble estantería, con un televisor y algunas piezas de vajilla. Frente al ventanal, una mesa amplia de comedor con cuatro sillas tapizadas a juego con las cortinas pastel, daba a una pequeña cocina. Hacia la izquierda un dormitorio con baño propio, del que enseguida Victoria tomó posesión. Y hacia la derecha un pequeño pasillo con otras dos habitaciones y un baño común.

Julia entró en el primer dormitorio del pasillo. Constaba de una cama pequeña con un edredón de flores rosas y dos cojines grandes, custodiada por dos mesillas de noche, cada una con una lámpara. En la pared del frente una ventana con cortinas blancas y la pared de los pies de la cama la llenaba un armario empotrado color miel. Se sentó en la cama y se fijó en que una de las puertas del armario estaba entreabierta. Posó la maleta sobre la cama y el cansancio por el viaje le obligó a dejar todas sus cosas en las maletas por el momento. Ya colocaría todo después. Desde la ventana se podía ver el mar. No pudo evitar sonreír. Era el sitio perfecto.